Pov Enrique
Llevaba tres horas caminando sin rumbo y la botella ya estaba casi vacía. No sé en qué momento terminé en esta calle mugrienta del centro, con los zapatos italianos llenos de barro y el traje de cuatro mil dólares arrugado como papel de desecho.
Por culpa de ella.
—Maldita perra —murmuré, dándole otro trago largo a la botella—. Zorra miserable.
Abril. La mujer que juró ante Dios amarme, pertenecerme y obedecerme en todo. La misma que corrió a abrirle las piernas, a un maldito ruso, e