Pov Abril
El estruendo de los disparos se desvaneció, reemplazado por el zumbido ensordecedor que me taladraba los oídos. Él estaba en el suelo, su cuerpo grande y fuerte parecía ahora tan vulnerable, tan roto. La sangre, de un rojo tan oscuro que casi parecía negra bajo la luz mortecina del pasillo, comenzó a brotar sin control de su brazo y su pierna, empapando rápidamente sus pantalones y la tela de su camisa.
—¡Por favor, no te vayas! —grité, un sonido agudo que ni siquiera reconocí como mí