El arma cayó de mis manos con un tintineo débil, casi imperceptible frente al caos que rugía en mi interior. Mis dedos todavía sentían el rastro del metal, esa superficie fría que acababa de decidir el destino de un hombre.
Miré a Enrique, extendido en el suelo como una bolsa de basura desechada, y un escalofrío me recorrió la columna. La realidad me golpeó con una fuerza bruta, obligándome a reconocer la verdad: lo había hecho, le había quitado la vida a alguien.
—Soy una asesina… —susurré, y m