Noventa y cinco

Isabella

El candelabro seguía tirado en la esquina, medio enterrado donde había caído la noche anterior.

Un rayo de sol pálido entraba por la ventana sucia, iluminando las partículas de polvo que flotaban sobre la camilla.

Pedro Genaro parpadeó dos veces, despegando los párpados con un crujido seco.

Su mirada ya no nadaba en el blanco de los ojos; sus pupilas se fijaron directamente en las vigas del techo, enfocadas.

—¿Por qué estás aquí? —su voz salió como el roce de dos liras oxidadas.

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