Isabella
El agua del techo de piedra seguía cayendo en la pequeña charca con un sonido pesado y plano que no dejaba espacio para el descanso. Metí el saco de lona vacío debajo de mi brazo, con las botas resbalando en la arcilla húmeda mientras me movía de vuelta hacia la esquina donde estaban extendidas las mantas viejas. Freya había bajado por el pasaje más estrecho para revisar las grietas inferiores, dejando solo una vela de sebo encendida en una repisa plana.
Los hombros de Pedro Genaro gol