Ciento treinta y uno  

Pedro Genaro

El aire en el umbral de la puerta de hierro se volvió irrespirable, cargado con el olor acre del metal caliente y la sangre fresca que comenzaba a teñir la tierra de un tono cobrizo. La calma del amanecer se había hecho pedazos bajo el estruendo de nuestras pisadas, el rugido de los hombres y el grito metálico del acero chocando contra el acero.

No había espacio para la estrategia ni para la sutileza en aquel infierno. Los enforcers de Asher habían erigido barricadas improvisad
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