El molesto sonido de un constante "pip" es lo único que oigo cuando despierto. Mis párpados pesan como si fueran pesados bloques de concreto y todos mis músculos duelen cuando intento moverme sobre una cómoda superficie. Al hacerlo, un pequeño dolor punzante sobre mi hombro derecho me hace soltar un quejido ronco, y me obliga a quedarme quieta y a abrir mis ojos para reparar en mi alrededor.
La luz de la habitación me cega brevemente y me obliga a levantar mi brazo, el cual no está punzando de manera dolorosa, para llevar mi mano a mis ojos y restregarlos, intentando ayudar a mis ojos a acostumbrarse a la incandescente luz.
Cuando por fin logro adaptarme, analizo a mi alrededor y reparo en que me encuentro en una muy lujosa y bien equipada habitación de hospital. Bajo mi mirada al hombro que me punza levemente y me encuentro con mi brazo sostenido por un cabestrillo y la piel sobre mi clavícula vendada debajo de una bata de hospital.
Alarmada, retiro las sábanas que cubren mis piernas