El aire en el sótano del castillo vibraba con una energía oscura y opresiva. Las antorchas parpadeaban violentamente, como si el mismo fuego temiera lo que estaba a punto de suceder. Amelia, tumbada en el altar, mantenía los ojos cerrados, su respiración era pausada, pero su cuerpo estaba tenso. Podía sentirlo. La presencia del demonio era inconfundible: un frío que calaba hasta los huesos, un hedor sulfuroso que impregnaba el aire, y el sonido gutural de su respiración, como si cada inhalación