La habitación Mia estaba sumergida en una penumbra azulada, con la luz de la luna filtrándose a través de los vitrales de los ventanales, como lágrimas plateadas sobre el suelo de piedra lunar. Mia permanecía sentada al borde de la cama, con sus manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos habían palidecido. El eco de la discusión con Deimos aún resonaba en sus oídos, cada palabra un latigazo que le arrancaba jirones del alma.
“No puedo seguir esperándote. No cuando sé que, al final, s