Las calles de Velkan, anteriormente serenas bajo el tenue resplandor de las farolas, ahora respiraban un aire espeso, cargado de algo más que la noche. Mia avanzaba entre la penumbra, con pasos rápidos, pero inseguros, como si el suelo mismo pudiera engullirla. Las luces, aunque estaban encendidas, no iluminaban; solo dibujaban sombras alargadas que se retorcían en las paredes, como burlándose de la falsa normalidad. A su alrededor, el pueblo se desmoronaba. Dos hombres, que antes solían ser ve