El lunes llegó con el peso de un millón de miradas clavándose en mi espalda.
No podía dar un paso sin sentir los susurros a mi alrededor, las risas ahogadas, los codazos entre la gente que esperaba ver el espectáculo del día. No era un secreto lo que había pasado en La Mala. No cuando todos se quedaron viendo cómo aguanté cinco minutos en el ring con la campeona.
Pero eso no era lo que tenía a la escuela entera al borde del asiento.
La apuesta.
Santiago tenía que pedirme salir.
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