El aire en la cámara se quebró bajo el peso de esa sola palabra.
—Tú.
Cayó de los labios de Ragnar como una espada, silenciosa en su arco pero lo suficientemente afilada como para cortar la frágil quietud que envolvía la habitación. El sonido no era fuerte, pero tenía una densidad letal, como si cada sílaba hubiera sido forjada con furia fundida y dejada enfriarse en su pecho. Incluso las paredes parecieron retroceder, las sombras se alejaban de él.
Atlas se congeló dónde estaba arrodillado jun