Atenea dudó. No quería ir a ningún lado con él. Pero cada vez que su marca se encendía, sentía que partes de sí misma se deslizaban, se derretían, cambiaban. El poder la aterrorizaba hasta el punto de que sentía que perdería el control y lo destruiría todo.
—Iré —dijo con frialdad—, pero cabalgaré por separado. Y si intentas encadenarme de nuevo... —su voz era afilada como una cuchilla cuando la interrumpió.
—No lo haré —su voz profunda era más fría que el hielo—. No a menos que me des una raz