—Hueles... diferente. —Su voz era baja. Aterciopelada. Un susurro peligroso que le recorrió la columna vertebral.
Atenea no se giró.
No podía.
Porque el calor de su cuerpo estaba justo detrás de ella. Demasiado cerca. Podía sentir el subir y bajar de su pecho, su energía zumbando como un cable de alta tensión. Su presencia la envolvía como cadenas.
Se le hizo un nudo en la garganta y se le aceleró el pulso.
—Los efectos de las hierbas deben estar desapareciendo —murmuró.
Atenea no se movió.
Su