—Hueles... diferente. —Su voz era baja. Aterciopelada. Un susurro peligroso que le recorrió la columna vertebral.
Atenea no se giró.
No podía.
Porque el calor de su cuerpo estaba justo detrás de ella. Demasiado cerca. Podía sentir el subir y bajar de su pecho, su energía zumbando como un cable de alta tensión. Su presencia la envolvía como cadenas.
Se le hizo un nudo en la garganta y se le aceleró el pulso.
—Los efectos de las hierbas deben estar desapareciendo —murmuró.
Atenea no se movió.
Su corazón latía con fuerza mientras intentaba mantener la calma. Su aroma era tan potente en el aire. También estaba provocando su aroma.
Ragnar se movió.
Oyó el susurro de la tela cuando él se acercó un paso más. Se quedó sin aliento cuando sus dedos apartaron su trenza, exponiendo lentamente la pálida piel de su cuello. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
Inhaló profundamente. Ella pudo oír el sonido mientras se le ponía la piel de gallina.
—Has estado enmascaran