El sueño comenzó con el murmullo del agua. Primero fue un goteo tenue, luego un río que crecía hasta llenar el aire. Ana caminaba descalza por un suelo cubierto de hojas húmedas. No recordaba haber llegado allí, pero el bosque la reconocía; las ramas se abrían a su paso como si la estuvieran esperando. El aire olía a lluvia reciente, a tierra viva.
Avanzó despacio. A cada paso, la tierra se iluminaba débilmente, dejando tras de sí una huella de luz que se apagaba con lentitud. Le pareció hermoso y a la vez inquietante. “Esto no es real”, pensó. Pero el tacto del suelo bajo sus pies, el sonido del viento entre los árboles, todo parecía demasiado nítido para ser solo un sueño.
El bosque terminó de pronto. Frente a ella se extendía un estanque rodeado por piedras blancas. La superficie del agua reflejaba una luna enorme, cercana, como si hubiera descendido a contemplarla. Ana se inclinó, curiosa. Buscó su reflejo, pero el rostro que devolvió el agua no era el suyo. Era el de Ashven.
Él l