Calma engañosa
El amanecer trajo una calma engañosa.
El sol ya pasaba el mediodía y la habitación ya estaba vacía a su regreso. Ana se vistió con comodidad en silencio, arropándose con el abrigo grueso que Charlotte le había prestado antes de partir. La nota que había dejado sobre la mesa seguía allí, escrita con su letra firme: “Vuelvo en dos días. Pórtate bien. Si te aburres, ve al templo.”
La ausencia de Charlotte se sentía más de lo esperado. La habitación parecía más grande, más vacía. Ana observó por la ventana: la nieve seguía cayendo, fina, constante, cubriendo los patios y techos con una capa nueva.
Bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo del edificio principal. Un par de guardias conversaban junto a la chimenea; otros cargaban cajas hacia los establos. Mohan no estaba. Dima tampoco.
Era uno de esos días en que todo el mundo parecía tener algo que hacer, menos ella.
Recordó las palabras de Charlotte antes de marcharse: “El templo es un buen sitio para pensar.”
Así que se e