Calma engañosa
El amanecer trajo una calma engañosa.
El sol ya pasaba el mediodía y la habitación ya estaba vacía a su regreso. Ana se vistió con comodidad en silencio, arropándose con el abrigo grueso que Charlotte le había prestado antes de partir. La nota que había dejado sobre la mesa seguía allí, escrita con su letra firme: “Vuelvo en dos días. Pórtate bien. Si te aburres, ve al templo.”
La ausencia de Charlotte se sentía más de lo esperado. La habitación parecía más grande, más vacía. An