Como si nada
Ana decidió que ese día iba a ser normal.
Se levantó temprano, se vistió sin pensar demasiado y bajó al comedor antes de que la fortaleza despertara por completo. El olor a comida recién hecha y a infusión caliente llenaba el salón, y durante unos segundos logró engañarse: si el mundo seguía girando, si nadie la miraba raro, entonces nada había pasado.
Se sentó con su plato frente a Charlotte y comenzó a comer. No tenía hambre, pero masticaba de forma automática con la cabeza perd