Capítulo 4.
¡Maldita sea!
¡Maldita sea!
¡Maldita sea!
El promiscuo no debería estar aquí, ahora que hago, tengo dos opciones: Salir de aquí, y demostrarle que no le tengo miedo o esperar a que el pervertido venga hasta mí, y estar a su merced.
Sin duda alguna la primera opción es la mejor, no me dejaré intimidar, sobajar, jamás, así que doy un par bocanadas de aire, y lo suelto lentamente.
—Sé que estás ahí, no tiene caso que te escondas, o que jamás habías visto una verga, si gustas puedes venir a arrodil