45. PERSEGUIDA POR LA BESTIA
ISABELLA
Casi arrastrándome sobre la hierba, logré llegar hasta el viejo porche de madera y subir los escalones.
Con la ropa empapada y temblando, toqué la puerta, pero nadie me abrió.
—¿Hola? —llamé y fui cojeando hasta la ventana para mirar al interior oscuro.
Parecía una cabaña relajada de descanso y definitivamente estaba ocupada, porque nada se veía descuidado y sucio, ni siquiera el cristal de la ventana.
—Ho…la…
“Isa, creo que no hay nadie, tendremos que pasar sin pedir permiso” mi loba