38.

Y justo esa misma tarde tuve la fuerza de ir a su casa para saber cómo seguía, ya que la había llamado y no me contestaba. A quien me encontré fue a Mariana que fue avisada por los empleados que yo había llegado y caminaba detrás de mí, exigiéndome que me fuera.

—El que nuestros padres sean amigos no te da el derecho de maltratar a mi hermana, por favor, déjala en paz.

Subía las escaleras que conectaban con el segundo piso cuando no soporté sus palabras y volteé para verla.

—¿Que la deje en paz
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