99.
Estoy sentada en el sillón mullido del consultorio, rodeada de paredes cubiertas por estanterías llenas de libros y diplomas. La luz cálida de una lámpara de pie me baña suavemente, pero no logra disipar el nudo que siento en el pecho. La psicóloga, una mujer de mirada comprensiva y voz calmada, se sienta frente a mí con una libreta en mano.
—Penélope, después de estas sesiones, creo que es importante que hablemos sobre lo que está ocurriendo —dice, haciendo una pausa que parece llenar todo el