—No puedo renunciar a ti, pero tampoco puedo dejar que renuncies a tu sueño. Volveremos a San Francisco y te casarás conmigo.
—¿Qué pasa con Doc? —preguntó, tirando la caja de su regazo, mientras se acercaba para abrazarlo.
—Ya está casado y no me gusta.
Ella se rio a carcajadas. Todo era divertido y se sentía feliz, quizás estaba soñando.
—Pellízcame —pidió.
Él no lo dudó.
—Date la vuelta para que tenga acceso a tus mejillas rosadas.
—Deja de bromear, Carl. No, nunca dejes de hacerlo —ordenó—.