Bill sacudió la cabeza.
—No tienes ni idea de que eres la mujer más radiante de aquí.
Katy se detuvo un momento y contempló su hermoso rostro, que se había vuelto muy querido para ella. Él la agarró con la mano, la sacó de la pista de baile y la condujo a un lugar tranquilo, junto a uno de los puestos vacíos.
—Hay algo tan vibrante en ti, Katy… —declaró Bill—. Eres muy diferente a nadie que haya conocido. No puedo evitar preguntarme cómo sería estar contigo en casa. En Boston, quiero decir.
Él