Amaya llegó a casa, despidió a la niñera y comenzó a hacer la maleta. Su madre no estaba, como cosa rara había desaparecido y no tenía idea de a dónde se encontraba. Pero no tenía tiempo para pensar en Isaura, necesitaba hacer esto rápido.
Las niñas siguieron cada uno de sus movimientos en silencio, con sus ojitos grises expectantes.
—Todo estará bien, mis pequeñas —les aseguró—. Nadie las alejará de mi lado.
Dicho esto, terminó de empacar y llamó a un taxi. Sacando cuentas mentales, tenía l