—Se levanta la sesión—el golpe del mazo resonó en la sala—. Nos reuniremos mañana a esta misma hora para la deliberación.
El sonido de pasos y asientos rodarse fue todo lo que se escuchó, mientras Amaya se quedaba sentada en su puesto, demasiado aturdida como para procesar lo que acababa de pasar.
Tenía veinticuatro horas para hacer que ocurriera un milagro y así poder poner a aquel tribunal a su favor.
«¿Pero cómo?», se preguntó volteando a ver a su abogado, quien aparentemente ya había ti