La cocina está inundada por la luz suave de la mañana cuando Jules entra arrastrando los pies.
Lleva el cabello recogido de cualquier manera y una expresión cansada, como si no hubiera dormido más que unos minutos.
El aroma del café recién hecho flota en el aire, pero ni siquiera eso logra mejorar su humor.
Evan está apoyado contra la encimera, taza en mano, revisando algo en su teléfono. Al verla, levanta la mirada y sonríe ampliamente.
—Buenos días —saluda con un entusiasmo que a Jules le resulta casi ofensivo.
Ella deja caer el bolso sobre una silla.
—Buenos para quien los tenga —responde—. No creo que este sea el mejor de mis días.
Evan arquea una ceja, divertido.
—Vaya, alguien se ha levantado de mal humor.
Jules suspira y se frota la cara con ambas manos.
—Lo siento mucho, Evan. De verdad —dice al fin—. Estoy nerviosa. Estoy convencida de que hoy me van a despedir y… no era lo que tenía pensado cuando acepté este trabajo. Pero no es excusa para descargarme contigo. Tú no tiene