El despacho de Alec se abre ante Jules como un mundo distinto al resto del yate.
No es solo una oficina. Es una declaración de intenciones.
El suelo de madera oscura brilla bajo la luz natural que entra a raudales por los ventanales de pared a pared.
El mar se extiende frente a ellos, infinito, azul profundo, moviéndose con una calma engañosa que contrasta con la tensión silenciosa que Jules siente en el pecho.
Las olas rompen suavemente contra el casco, un sonido constante, casi hipnótico, c