A puerta cerrada

El despacho de Alec se abre ante Jules como un mundo distinto al resto del yate.

No es solo una oficina. Es una declaración de intenciones.

El suelo de madera oscura brilla bajo la luz natural que entra a raudales por los ventanales de pared a pared.

El mar se extiende frente a ellos, infinito, azul profundo, moviéndose con una calma engañosa que contrasta con la tensión silenciosa que Jules siente en el pecho.

Las olas rompen suavemente contra el casco, un sonido constante, casi hipnótico, como un recordatorio de que están en movimiento aunque todo parezca quieto.

El escritorio es amplio, impecable, de líneas rectas y elegantes.

No hay papeles fuera de lugar, ni objetos innecesarios. Solo una computadora portátil, una tablet, un par de carpetas perfectamente alineadas y una fotografía enmarcada que Jules no puede evitar mirar de reojo.

Dauphine.

Un nudo le aprieta la garganta.

A un lado, una estantería empotrada alberga libros de arquitectura, economía, diseño, biografías empresar
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