El silencio en la cocina es tan espeso que parece poder tocarse.
Tanto Evan como Jules se quedan congelados, inmóviles, observando a la pequeña figura en la entrada.
Dauphine los mira con los ojos aún pesados por el sueño, el cabello ligeramente despeinado y el pijama arrugado.
Sus manitas aprietan el borde de la camiseta como si necesitara algo a lo que aferrarse.
Jules es la primera en reaccionar.
—Dauphine… —dice con suavidad, obligándose a sonreír—. ¿Qué haces aquí? Se supone que deberías estar dormida.
La niña ladea la cabeza, pensativa, como si analizara si ha hecho algo mal.
—Lo estaba —responde—. Papá tardó en llegar a leerme el cuento, pero lo hizo… y me quedé dormida.
Jules intercambia una mirada fugaz con Evan, que permanece en silencio, incómodo, como si sintiera que no debería estar presenciando ese momento.
—¿Y entonces qué haces aquí y no en tu cama? —pregunta Jules—. Ya es muy tarde, pequeña.
Dauphine baja la mirada un segundo.
—Es que me dio hambre —admite—. Vine a