Olivia apenas podía enfocar la vista. Su cabeza daba vueltas y el efecto de la droga seguía recorriendo su organismo. Cada músculo parecía pesado y su estómago se revolvía por momentos, obligándola a respirar profundamente para no vomitar.
Intentó levantar la cabeza.
Frente a ella había un hombre de unos veintitrés años.
Era joven, alto, pero lo que hizo que su sangre se congelara no fue su edad ni su altura, fueron sus ojos.
Los mismos ojos grises de Alberto Hale, los mismos ojos que ella habí