Estaba seguro de que a Lía se le olvidaba bañarse, a veces ni siquiera sabía en que día de la semana estaban. Y se quedaba dormida frente a su escritorio.
La admiraba, pero no quería su vida. Ella no vivía, estaba sobreviviendo. Pobrecita, ¿es que acaso no tenía familia?
—Tengo una hermana —le comentó ese viernes mientras desayunaban—. Abuelos, papás. —Lía arrugó la frente—. Te hablé de mi cuñado, ¿cómo no te diste cuenta de que tengo una hermana.
Oliver subió los hombros.
—Podría ser un herman