Capítulo 8
Ante la mirada atónita de Leandro, continué:

—Leandro, me das asco.

Él, furioso, se abalanzó hacia mí, pero mi hermano mayor lo empujó con fuerza, haciéndole perder el equilibrio.

—¡Ya me disculpé! ¿Qué más quieres?—rugió— Tú antes no eras así... Tú siempre...

No terminó la frase, pero yo ya lo entendía.

Me acerqué. Al ver mi proximidad, una sonrisa de esperanza floreció en su rostro. Hasta que mi mano se estrelló contra su mejilla.

La expresión incrédula que le siguió me arrancó una risa.

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