Mundo ficciónIniciar sesiónRichad noto que algo cambio en el llanto de la joven, en su suplica y sonrió por ello, aun sin saber el motivo verídico, porque para este hombre era más que suficiente el escucharla así de rota, tan rota como lo estaba él.
—No me llames así. —escupió con desprecio, como si la sola idea de que ella lo llamara papá lo ofendiera— Eres una maldita bastarda.
Sky dejó de contar los golpes después del tercero, porque el tiempo dejó de tener sentido para ella, podría haber sido un minuto o una hora, no tenía como saberlo porque todo se volvió una sucesión de destellos, el leño alzándose, el dolor, el sonido sordo contra las mantas, su propio sollozo ahogado, solo esperaba que terminara, solo rezaba, en silencio, para seguir respirando cuando acabara, porque su padre estaba tan fuera de control esa noche, que Sky ya no rezaba porque no le doliera, tampoco pedía que se detuviera, Sky solo pedía seguir con vida, aunque ni siquiera estaba segura de quererlo realmente.
Aquella vez duró apenas cinco minutos, cinco eternos minutos que se estiraron como una noche sin luna, y cuando finalmente la habitación quedó en silencio, Sky permaneció inmóvil, temblando entre las mantas y aunque no tenía olfato de lobo, sabía que el aire en su cuarto olía a miedo, a sudor, a madera húmeda.
Escuchó el leño caer al suelo, los pasos arrastrados de su padre alejándose, el portazo en algún lugar de la casa, y luego, nada.
Tuvo suerte, pensó la joven, y la voz en su cabeza sonó hueca, lejana, nada que le hiciera creer que fuese su loba despertando, aun así, estaba agradecida, porque no veía sangre, además podía seguir moviendo las piernas, y al menos seguía respirando.
"Tuve suerte."
Era un pensamiento miserable, pero necesario, era el consuelo que nunca recibiría de nadie, aunque no podía decir lo mismo de su brazo, que descansaba en un ángulo imposible y cada mínimo movimiento le arrancaba un gemido ahogado que nadie iba a escuchar, porque Sky sabia a la perfección que nadie iba a venir a abrazarla, ni le preguntarían si dolía.
El amanecer llegó y la luz dorada se filtró por la ventana, iluminando las heridas que Sky debía ocultar bajo la ropa, marcando en su piel un mapa de golpes pasados y presentes, los moretones viejos que se confundían con nuevos, y aunque algunas marcas ya casi no dolían, otras aún ardían como fuego recién encendido.
Para muchos, el amanecer representaba esperanza, un nuevo comienzo, pero para Sky, solo marcaba el inicio de un nuevo infierno, porque cada día comenzaba igual para ella… con dolor.
Aun así se inmovilizo el brazo como pudo, colocando una venda mal ajustada, una manga demasiado apretada y por supuesto soportando un dolor que ni los analgésicos lograban aliviar, y aun así se vistió para asistir al instituto, aunque el simple acto de ponerse la camiseta fue una tortura silenciosa, por supuesto que le hubiese gustado simplemente quedarse allí tendida en la cama el resto del día, el resto de la semana e incluso el resto de su vida, pero en el fondo sabía que era mil veces mejor aguantar el acoso escolar, que esperar a que su padre despertara, al fin de cuentas estaba en el último año, y por muy loco que pareciese, aún se aferraba a esa promesa que los Reyes le habían hecho hace tanto tiempo atrás.
Sky se miró en el espejo un instante, percatándose que el maquillaje ya no podía casi ocultar las ojeras bajo sus ojos, no había bálsamo que pudiese cubrir sus labios partidos, aunque también observó la sombra de un moretón asomando en el cuello, por lo que decidió subir el cuello de la chaqueta para ocultarlo, aunque por supuesto nadie lo vería, y si alguien lo veía, sabía perfectamente que nadie le preguntaría qué le sucedió.
Por supuesto que para ella no hubo desayuno y mucho menos un “Buenos días”, en aquella cabaña no había nadie que preguntara cómo se encontraba, y en la cocina no había ni siquiera un pedazo de pan con el cual alimentarse, aquel lugar solo estaba lleno de botellas vacías, olía a resaca y abandono, toda la cabaña olía a eso, por lo que solo tomó su mochila con la mano que aún podía usar y salió de la casa en silencio, como si fuese una intrusa y es que así se sentía.







