547. La grieta del cielo.
El cielo se parte en rojo.
No es metáfora. No es imaginación. La luz nace desde la torre central y se expande como una herida abierta sobre la noche. Siento el pulso del pacto vibrar en mis huesos, como si mi propio cuerpo fuera el altar donde fue sellado.
Lo miro.
Él no suelta mi mano.
Kael retrocede un paso, pero no por miedo. Por cálculo.
—Ya empezó —dice con frialdad.
El aire se vuelve pesado. Difícil de respirar. Las antorchas se apagan una a una, como si algo estuviera absorbiendo el oxíg