546. Donde arde lo prohibido.
El aire esta noche pesa distinto.
Lo siento en la piel, como una electricidad fina que se desliza por mis brazos y se instala bajo mi pecho. Camino por el corredor de piedra con el pulso acelerado. Sé que él está al final. Siempre lo sé. Como si mi cuerpo tuviera una brújula interna que apunta directo a su presencia.
Cuando lo veo, apoyado contra la baranda del balcón, con la ciudad extendida debajo y el fuego de las antorchas dibujando sombras en su perfil, algo dentro de mí se desarma.
—No de