548. Bajo la misma condena.
El silencio después del colapso es peor que el estruendo.
El cielo vuelve a su color oscuro, pero nada se siente igual. El aire tiene una densidad distinta, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración.
Sigo arrodillada frente a él.
Su pecho sube y baja con dificultad. Mis manos permanecen en su rostro, incapaz de soltarlo, como si al hacerlo pudiera desvanecerse.
—Névara… —mi nombre sale quebrado de sus labios.
Inclino la frente contra la suya.
—Estoy aquí.
El dorado que había