471. La proximidad que no pide permiso.
La noche se instala con una lentitud calculada, como si la ciudad misma entendiera que lo que está a punto de ocurrir no admite interrupciones bruscas, y mientras avanzo por el corredor alto que conecta los espacios de audiencia con las cámaras internas, siento cómo cada paso reorganiza mi percepción del riesgo, no como amenaza externa sino como una tensión que se concentra bajo la piel, allí donde el deseo y la decisión se confunden hasta volverse indistinguibles.
Saelith me espera sin escolta