426. Aliarse con quien sabe dónde arde.
No la llamo.
Eso sería concederle iniciativa.
Simplemente dejo de bloquear el patrón que sé que reconoce, una apertura mínima, deliberada, como aflojar apenas los dedos alrededor de una hoja que podría cortarme si se lo permito, y no pasan más de unos pocos latidos antes de que el aire a mi alrededor cambie de densidad.
Saelith siempre llega como si el espacio hubiera estado esperándola.
—Así que al final decidiste mirarme sin intermediarios —dice, materializándose a mi izquierda—. Eso es nuevo