391. El nombre que no debía pronunciar.
No es el cansancio lo que me pesa cuando doy el siguiente paso, ni la herida invisible que el poder siempre deja incluso cuando se manifiesta con obediencia, sino una emoción más difícil de sostener, una mezcla de expectativa y duelo anticipado, como si algo en mí supiera que cada revelación futura traerá consigo una pérdida inevitable, y aun así avanzara con la obstinación de quien ha aceptado que detenerse ya no es una opción.
Siento a Aeshkar antes de verlo moverse, porque el vínculo ahora n