391. El nombre que no debía pronunciar.
No es el cansancio lo que me pesa cuando doy el siguiente paso, ni la herida invisible que el poder siempre deja incluso cuando se manifiesta con obediencia, sino una emoción más difícil de sostener, una mezcla de expectativa y duelo anticipado, como si algo en mí supiera que cada revelación futura traerá consigo una pérdida inevitable, y aun así avanzara con la obstinación de quien ha aceptado que detenerse ya no es una opción.
Siento a Aeshkar antes de verlo moverse, porque el vínculo ahora no anuncia su presencia con violencia ni con urgencia, sino con una presión suave en la base del pensamiento, un pulso que acompasa el mío y me recuerda, con una intimidad casi insoportable, que no estoy sola incluso cuando el silencio vuelve a cerrarse alrededor de nosotras como una sala sellada.
No digo nada al principio, porque las palabras tardan en acomodarse cuando la conciencia se expande, y porque hay momentos en los que el cuerpo entiende antes que la voz, y este es uno de ellos, uno en