390. La promesa que sangra despacio.
Lo que me invade antes de cualquier pensamiento claro no es miedo, ni deseo, ni siquiera esa exaltación peligrosa que suele acompañar a los momentos en los que el poder se expande, sino una sensación más íntima y desconcertante, como si algo dentro de mí hubiera decidido abrir los ojos por completo y ahora mirara el mundo sin filtros, sin la protección de la negación, obligándome a reconocer que cada elección que haga a partir de ahora dejará una huella imposible de borrar.
Camino unos pasos y