350. Primero escucha una melodía.
El mundo presente se disuelve.
El grito del ser oscuro, el aura de Aeshkar, el temblor del suelo—todo se apaga como una lámpara extinguida bajo agua profunda.
Névara queda suspendida en un vacío sin horizonte, donde la luz no nace ni muere, solo existe.
Y allí, en ese espacio donde la memoria no puede mentir, ve lo que había sido arrancado.
Primero escucha una melodía.
Un hilo de voz que alguna vez fue suyo, dulce, casi tímido. La reconoce: es ella, pero más joven, más suave, más confiada.
Una Névara que ya no existe.
La escena emerge como una flor abriéndose:
Una caverna sagrada, cubierta de runas vivientes.
Un altar construido con fragmentos de estrellas caídas.
Y ella… arrodillada, respirando con dificultad, con lágrimas recorriendole la barbilla.
Delante suyo hay un muchacho.
Humano.
De ojos negros, tan profundos que parecía que el universo se encogía en ellos cuando la miraba.
Cabello oscuro, lacio, cayéndole a los hombros.
Él era el ser oscuro… antes de caer.
Y Névara lo está so