Cap. 32 No, preciosa. Ya no me voy.
Petra, con ojos cansados, pero llenos de alivio, le sonrió débilmente desde la butaca donde mecía a la niña. Alicia estaba despierta, pero quieta, la cabeza recostada contra el hombro de la nana. Su carita, aún pálida y con ojeras, se iluminó débilmente al ver a su madre.
—Mami... —susurró, una vocecita débil como el aleteo de un pajarito.
Fue como si una cuerda que mantenía tenso el corazón de Alba se rompiera. Cruzó la habitación en tres zancadas y, con una ternura infinita, tomó a su hija de