El amanecer en Miami nació con un cielo de color plomo, como si la ciudad misma guardara luto por la mujer que estaba a punto de desaparecer. En la habitación 402 del Hospital Militar, Elena Valerius permanecía sentada en el borde de la cama. Vestía un abrigo largo de cachemira negra que Dante le había enviado de forma anónima esa misma madrugada. Bajo la manga derecha, el pesado fijador metálico de su brazo era un secreto doloroso que latía al ritmo de su corazón.
La puerta se abrió con la brusquedad de quien se siente dueño del mundo. Era Alaric. Traía consigo un aroma a café caro y el mismo aire de arrogancia que Elena ahora despreciaba con cada fibra de su ser.
—Es hora de irnos, Elena —dijo él, sin mirarla a los ojos—. He preparado la casa de campo en los Cayos. Allí no habrá perros, ni prensa, ni abogados. Estarás tranquila hasta que recuperes la cordura y aceptes que lo del divorcio fue solo un delirio causado por el trauma.
Elena se puso de pie con lentitud. Su equilibrio era