El dolor de la cirugía de doce horas aún latía en las sienes de Elena cuando fue arrastrada fuera de su habitación. No hubo explicaciones, solo la fuerza bruta de los guardaespaldas personales de Alaric. A pesar de haber salvado a Úrsula Von Brandt, la gratitud en la Región Militar de Miami tenía el filo de una bayoneta.
—¡Suéltenme! ¡He cumplido mi parte! —gritó Elena, mientras sus pies apenas tocaban el suelo del pasillo técnico del hospital.
Fue arrojada dentro de una camioneta blindada. Minutos después, los pesados portones de hierro de la Casa Ancestral de los Stark se abrieron con un chirrido lúgubre. Era una propiedad de estilo gótico, aislada por muros de piedra y custodiada por el eco de una crueldad generacional.
Alaric la esperaba en el patio central, bajo la lluvia fina que empezaba a caer sobre Miami. A su lado, Lilith Von Brandt se protegía con un paraguas de seda, observando la escena con una fascinación macabra.
—Has sido insolente en el hospital, Elena —dijo Alaric, s