San Petersburgo, Rusia.
El frío de Rusia no era como el de los quirófanos de Miami; era un frío que calaba hasta los huesos, un frío que purificaba. Elena —ahora Anastasia— observaba a través del ventanal reforzado de la clínica privada de los Voronin cómo los copos de nieve danzaban sobre el río Neva.
Hacía tres semanas que se había sometido a la cirugía de reconstrucción nerviosa más avanzada del planeta. En su brazo derecho, una red de micro-filamentos de grafeno sustituía ahora a los tendones que los mastines habían devorado.
—Mueve el dedo índice —ordenó una voz grave a sus espaldas.
Elena obedeció. El movimiento fue lento, robótico, acompañado de una descarga eléctrica que le recorrió el espinazo, pero el dedo se movió. Las lágrimas, que ella creía haber agotado en Miami, amenazaron con volver.
—Todavía eres lenta —dijo Dante Voronin, apoyado en el marco de la puerta, observándola con sus ojos de lobo—. Pero la velocidad vendrá con la práctica. Y con el odio.
—El odio es lo únic