Capítulo 61

La mañana comenzó con la insistencia de Rosa. Había entrado a mi cuarto con una bandeja de desayuno y esa energía inquebrantable que parecía no agotarse nunca.

—Isa, tienes que animarte —me dijo mientras colocaba el café en la mesita—. No puedes pasar los días aquí encerrada.

Yo me acomodé en la cama, aún con el cuerpo adolorido, como si cada parte de mí pesara demasiado.

—No tengo con quién salir, Rosa, como podría animarme.

—Claro que sí, tienes amigas…

—No —la interrump
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