Capítulo 44

La mañana siguiente desperté con una sensación extraña: el peso de la incertidumbre todavía me atenazaba, pero también había en mí una energía renovada, un impulso que me recordaba que estaba más cerca que nunca de desentrañar la mentira de Sarah. Londres amanecía gris, con una llovizna tenue que empañaba los cristales de mi ventana. Me quedé mirando ese cielo plomizo, pensando que era el reflejo exacto de mi ánimo: cargado de preguntas, pero dispuesto a resistir.

Pasé gran parte de la mañana en el escritorio del hotel, repasando mis notas. Había escrito cada detalle: las contradicciones entre la primera recepcionista y la segunda, la interrupción del doctor, los tiempos de las supuestas visitas de Matías. Todo apuntaba a una conclusión que todavía no me atrevía a escribir con claridad: Sara nunca tuvo un accidente. Y alguien —ese doctor— estaba dispuesto a sostener la mentira.

No podía sacarme de la cabeza la forma en que apareció. Fue demasiado oportuno, demasiado exacto.
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