Capítulo 2
Por aquel entonces era demasiado joven. No sabía qué hacer. La sangre me retumbaba en la cabeza, como un rugido ensordecedor.

No quería que volviera a pensar eso de mí, así que prometí no volver a tocar su dinero.

Los quinientos mil llegaron después, gracias a una amiga suya que se ofreció a «prestármelos». Había una condición: tenía que salir a beber con ella.

Un grupo de sus amigos me hizo beber sin descanso hasta que mi cuerpo colapsó. Terminé en urgencias con una hemorragia estomacal. Victoria fue a buscarme pasada la medianoche, con el rostro pálido de rabia. No dijo una sola palabra en todo el trayecto. Esperó a que estuviéramos en casa.

—¿Tienes idea de lo que habría pasado si hubiera llegado más tarde?

Bajé la mirada al piso.

—¿De verdad el dinero es tan importante para ti? ¿Por qué no trabajas de gigoló? Total, ya perdiste tu dignidad; al menos podrías cobrar por ello.

Me quedé sentado en aquel auto, sin saber adónde mirar. Sus palabras atravesaron lo poco que me quedaba de dignidad como si fuera papel.

Me dolía el estómago. Pero el pecho me dolía aún más.

Desde aquel día, el apodo de cazafortunas se me quedó pegado para siempre. Sus amigos bromeaban al respecto delante de mí. Ella nunca los corregía. A veces, hasta se reía con ellos.

Mi padre no sobrevivió.

El día de su muerte, la llamé destrozado, apenas capaz de completar una frase. Ella estaba en una reunión. Me colgó.

Le envié un mensaje de voz tras otro, explicándole lo sucedido, suplicándole, hablándole desesperado sin saber qué más decir.

Mucho tiempo después, mi teléfono vibró.

Era una transferencia de quinientos dólares y un breve mensaje:

«¡Espero que esto te ayude!».

Me quedé mirando la cifra hasta que las manos me temblaron tanto que ya no pude sostener el teléfono.

A partir de entonces, Victoria y yo fuimos marido y mujer solo en los papeles. En todo lo demás, éramos dos completos desconocidos. Dejó de responderme. Solo me enviaba dinero, una y otra vez, como si quisiera recordarme lo poco que valía para ella.

Lo extraño era que jamás había mencionado el divorcio, ni una sola vez.

Retiré los medicamentos que me habían recetado y me fui a casa. El departamento estaba helado. Un dolor que parecía nacer en lo más hondo de los huesos empezó a extenderse por todo el cuerpo. Me eché dos analgésicos en la mano y luego dos pastillas para dormir, y me las tragué de golpe.

No tardaron en hacer efecto.

Cuando los contornos empezaron a difuminarse, levanté la vista hacia nuestra foto de boda, colgada en la pared. Victoria aparecía riendo feliz, con el resplandor del sol atrapado en sus ojos… y mi reflejo en ellos. Nos tomamos esa foto cuando todavía nos amábamos más que a nada en el mundo. Recuerdo cómo me tomó el rostro entre sus manos aquel día, me besó y me dijo:

—Te voy a amar para siempre.

Para siempre. Dos palabras tan ligeras, hasta que te toca cargar su peso.

Me temblaban los dedos cuando abrí nuestro chat y escribí:

«Victoria, si me muriera, ¿te pondrías triste?».

Lo envié.

El teléfono vibró casi antes de que lo dejara a un lado. Una transferencia.

«¡Espero que esto te ayude!».

Me quedé mirando la pantalla durante mucho, mucho tiempo. Luego me tapé la boca con una mano y llegué como pude al baño, pero no tenía nada que vomitar.

El efecto de las pastillas se intensificó poco después. Me hundí en el colchón y la habitación se volvió borrosa.

En medio de la confusión, vi a Victoria a los veinte años. Se acercó a mí y se lanzó a mis brazos con el rostro sonrojado.

—Oye, tonto. ¿Cuándo piensas pedirme matrimonio ?

Me eché a reír y extendí los brazos para abrazarla.

Quería decirle que pronto.

Pero las lágrimas brotaron antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. Siempre había creído que no era de esos hombres que lloran. Resultó que, simplemente, todavía no me habían herido lo suficiente.

Está bien. Que sea así.

Sería mejor no despertar nunca. Al menos la Victoria de mis sueños jamás me diría que casarse conmigo había sido el mayor arrepentimiento de su vida.
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