Me desperté en la mañana del tercer día.
Mi teléfono estaba en la mesa de luz. Lo acerqué como pude y lo desbloqueé. Había dormido veinticuatro horas y todo lo que aparecía eran notificaciones de aplicaciones. Ni una llamada perdida, ni un solo mensaje de Victoria. Nuestra última conversación había terminado con aquella transferencia, ahí, como una broma que ni siquiera hacía falta decir en voz alta.
Entré a su perfil.
Había publicado nueve fotos hacía apenas diez minutos. Seguía en el departamento de Julian. La habitación estaba iluminada por una cálida luz amarilla, y había cuentas de colores por todo el piso. Victoria estaba sentada en la alfombra con unas pinzas, de perfil, con una expresión más dulce de la que le había visto en años.
El texto decía:
«Alguien es perfeccionista y se negó a dormir hasta terminar. Equipo de apoyo, presente».
Debajo, se amontonaban los «me gusta» y comentarios de amigos en común.
[Ay, por favor, consíganse un cuarto].
[¿Desde cuándo Victoria tiene tanta paciencia con alguien?].
[Julian ya la tiene domesticada].
[¿Cuándo se casan ustedes dos?].
[Así es como debería verse el amor].
Una vez, Julian había dicho que le parecía divertido hacer figuras con cuentas. Victoria no lo olvidó. Compró todas las herramientas necesarias y le dedicó noche tras noche.
Si Julian decía a medianoche que tenía ganas de tomar algo, ella cruzaba la ciudad en auto solo para acompañarlo.
A Julian le dio fiebre, y ella dejó de lado un contrato de cifras millonarias para quedarse junto a su cama hasta la mañana siguiente.
Recorrer sus publicaciones era como leer el diario íntimo de una historia de amor.
Lo más cruel era que, tiempo atrás, ese diario había sido mío. A los veinte años, Victoria habría incendiado el mundo por mí, que entonces tenía diecinueve.
Seguí deslizando el dedo por la pantalla. En algún momento, sin ninguna explicación, el anillo de bodas dejó de aparecer en su mano.
No pude mirar más. Dejé el teléfono a un lado y me quedé acostado, con la mente en blanco.
El efecto de las pastillas empezaba a desaparecer. Tenía la garganta seca. Quería agua,pero no tenía fuerzas para levantarme a buscarla.
Victoria llamó justo cuando me sobrevino otra oleada de dolor.
—Esta noche hay cena en casa.
Fría. Tajante, como si no admitiera discusión. Así me hablaba últimamente.
Esperé un momento antes de responder.
—No me siento bien.
Ella soltó una risa cortante.
—La última vez fue la pierna. ¿Qué te pasa ahora? ¿Cuánto necesitas?
No dije nada.
—Daniel, si todavía puedes caminar, ven de una vez. No olvides cuál es tu lugar en esta familia.
Colgó.
Por alguna razón, eso me dio ganas de reír. Debería haber aceptado que me amputaran la pierna.
Cuando logré levantarme de la cama, vi una mancha rojo oscuro en la sábana. Me quedé mirándola unos segundos. Luego, dupliqué la dosis, me cambié de ropa y salí hacia allá.
La casa de los Sterling estaba tan bulliciosa como siempre. Julian estaba sentado junto a Eleanor, vestido con un traje elegante en la cabecera de la mesa, el lugar que correspondía al hombre de la casa. Le daba gajos de naranja mientras la hacía reír.
Victoria estaba sentada a un lado, en un sillón, mirando su teléfono.
Cuando entré, la sala se quedó en silencio por un instante.
Una empleada me apartó una silla en el extremo opuesto de la larga mesa, lo más lejos posible de la cabecera. Me senté.
Las mujeres retomaron sus conversaciones sobre joyas y bolsos. Los hombres, sobre acciones, autos y relojes. Nadie me dirigió la palabra.
No tardó en regresar ese dolor tan profundo en el muslo. El sudor ya me empapaba el cuello de la camisa cuando Eleanor por fin pareció recordar que había alguien al otro extremo de la mesa.
Frunció el ceño.
—Daniel. Llevas tres años casado con Victoria. Nunca has aportado nada a su carrera, no tienes un trabajo respetable y lo único que sabes hacer es estirar la mano para pedir dinero.
—Los Sterling no mantenemos parásitos.