Sentí cómo el poco color que me quedaba en la cara se desvanecía.
Tres años atrás, Julian estrelló su auto contra una barrera de contención con Victoria en el asiento del copiloto. Me lancé sobre ella para protegerla y un trozo de vidrio me atravesó la rodilla.
Ella llevó a Julian al hospital. Él solo estaba inconsciente. A mí me dejó ahí.
Para cuando llegó ayuda, ya era demasiado tarde para que la articulación sanara como debía. Cada vez que hay humedad, la lesión vuelve a agravarse y el dolor me cala hasta el hueso. Seis meses de recuperación me costaron el trabajo.
Victoria nunca creyó que realmente estuviera herido, porque jamás fue a verme. Ni una sola vez.
Más tarde, cuando le conté —lleno de alegría— que había encontrado un trabajo estable y que por fin podía ayudar con los gastos de la casa, ni siquiera pudo mirarme sin hacer una mueca de desprecio
Entonces llegó aquella noche en que la vieja lesión volvió a dolerme tanto que no podía quedarme quieto en la cama. La llamé una y otra vez. Le envié todos los mensajes que pude.
Lo único que recibí fue una transferencia tras otra. Y un mensaje de voz de Julian.
—Lo siento, amigo. Vicky está en la cocina preparándome algo para la resaca.
Esa fue la noche en que me quebré.
Descargué los puños contra todo lo que encontré en el departamento, hice pedazos nuestra acta de matrimonio y le grité entre lágrimas:
—¿Por qué no me contestas? ¿Por qué solo envías dinero? ¿Qué se supone que significa eso?
Ella sonrió.
—¿No era eso lo que querías? ¿Qué? ¿No te alcanza?
Apenas pude pronunciar las palabras.
—Si me odias tanto, ¿por qué te casaste conmigo? ¿Por qué no te divorcias de mí?
Ella solo se rio.
—Daniel, llevas tanto tiempo interpretando este papel que has terminado por creértelo. No te engañes también a ti mismo.
Después de aquella noche, apenas hablaba.
De vuelta en la mesa, Marianne, la tía de Victoria, se rio mientras miraba a Julian.
—Mamá, estás mirando hacia el lado equivocado. ¿Qué va a hacer él por ella? Julian es por quien debes apostar. Viene de una buena familia y se ha abierto camino por su cuenta. Él sí es el tipo de pareja que puede impulsar su carrera.
Julian bajó la mirada con una modestia perfectamente calculada.
Victoria frunció el ceño de pronto.
—No empieces. Julian es como un hermano menor para mí.
Marianne se tapó la boca con una mano.
—Claro que sí. Un hermanito muy especial. Todavía guardo los poemas de amor que le escribías cuando eras niña.
—¡Era una niña!¡No sabía lo que hacía…!
Se me revolvió el estómago y no pude seguir sentado allí ni un segundo más. Me levanté demasiado rápido y golpeé el borde de un plato de porcelana fina.
Cayó al piso y se rompió en pedazos.
Todos en la mesa se volvieron hacia mí con la misma expresión.
—Lo siento —dije con voz temblorosa.
Me dirigí a la puerta.
—Daniel.
Victoria me alcanzó en el porche, con el rostro sombrío.
—¿Ahora también se te olvidó caminar? ¿A qué estás jugando esta vez? Si realmente estás enfermo, ve al hospital. No te quedes aquí haciendo teatro.
Abrí la boca.
Iba a decírselo. Dentro de unos días, por fin te habrás librado de mí.
Antes de que pudiera hablar, se oyó un grito desde el interior de la casa, más fuerte de lo que yo habría podido gritar.
—¡Victoria! —gritó Julian, con la voz quebrada por el dolor—. Me corté la mano con la porcelana. Me duele mucho…
La expresión de Victoria cambió al instante y ya se estaba dando la vuelta para regresar..
—No toques nada más, ¿me oyes?
Ni siquiera se molestó en disimular la urgencia de su voz.
Me quedé bajo la luz del porche, con el frío atravesándome la camisa, pero aquella herida en el pecho que tantas veces se había abierto ya no me dolía como esperaba.
Ya no había nada ahí. Solo entumecimiento.