Mundo ficciónIniciar sesiónLeí varias veces el titular; no podía creer lo que estaba viendo.
—No... no puede ser —Tal vez es una campaña publicitaria... una reunión de negocios... susurré. Volví a leer los nombres: Sebastián Spencer, Laura Smith. Sentí como si un balde de agua fría cayera sobre mi cuerpo. No era un error. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. Me apoyé en las piernas de mi mamá y me puse a llorar con desesperación. Ella me abrazó con fuerza, con los ojos llorosos también, y nos quedamos las dos en silencio en medio de la sala. Miré el anillo en mi dedo. Sentí que todo lo que habíamos vivido había sido una mentira. Hacía nada me estaba jurando que pasaríamos la vida juntos, y ahora se iba a casar con otra. Mi madre acarició mi cabello y secó mis lágrimas con ternura. —Tranquila, mi amor. Debe haber una explicación. Luego se levantó para preparar un té que ayudara a calmar mis nervios. Todavía en shock, intenté convencerme de que esto era una pesadilla. Necesitaba escucharlo de su propia voz. Con las manos temblando, agarré el celular y volví a marcarle. Desesperada, llamé una y otra vez, pero la llamada se desviaba al buzón al segundo tono. Insistí otra vez de inmediato, pero la grabación del operador me avisó que el teléfono ya estaba apagado. Ahí entendí, con total nitidez, la cruda verdad. Lloré todavía más, hasta que me quedé sin aire, con una rabia que me quemaba por dentro. «¿Cómo pude ser tan tonta?», pensé. En un arrebato de furia, me arranqué el anillo y lo lancé sobre la mesa. Rebotó contra la madera y cayó al suelo. Sin embargo, apenas un segundo después, corrí a recogerlo del suelo. A pesar de la humillación y de lo que me estaba haciendo, me dolía aceptar que lo seguía amando. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano. En eso, mi mamá regresó a la sala con una taza humeante. —Toma, mi vida. Tómatelo caliente para que te relajes —me dijo, ofreciéndome el té de valeriana. Le di un sorbo. Estaba amargo y apenas me pasó por la garganta, pero seguí tomando despacio con la esperanza de que pudiera calmar el temblor de mis manos. —Mamá, si Sebastián de verdad se va a casar, necesito comprobarlo yo misma. Mi mamá me miró asustada. —¿Qué estás pensando, Evelyn? —Voy a ir a esa boda. Necesito verlo con mis propios ojos. —¿Te volviste loca, hija? —me recriminó con angustia—. Allá no serás bienvenida. Te van a humillar. —No te preocupes, mamá. Él ni siquiera sabrá que estoy ahí. Solo así voy a poder entender que el hombre que me prometió un futuro se va a casar con otra. —¡Por Dios, Evelyn, no vayas a cometer una locura! —suplicó ella, tomándome de las manos. —No te preocupes, mamá. Sé exactamente lo que hago. Mi madre me miraba preocupada. Podía ver el miedo en sus ojos, pero ella me conocía más que nadie; sabía lo terca que era y que, cuando algo se me metía en la cabeza, no iba a quedarme de brazos cruzados. —Piénsalo bien —insistió—. No quiero que te lastimen más. —Ya estoy sufriendo, mamá. Lo peor no sería verlo casarse... lo peor sería pasarme el resto de la vida preguntándome si todo fue mentira o si hubo algo que nunca entendí. Me levanté despacio, apretando el anillo en el puño. —Necesito ver si de verdad prefirió a otra. Si es así, lo dejo ir para siempre. Mi madre no dijo nada más. Subí a mi cuarto con el alma hecha pedazos. Cerré la puerta y me recargué de espaldas en ella. Tenía ganas de volver a llorar, pero me contuve. Saqué la revista y volví a mirar la foto. Sebastián sonreía; se veía feliz y cómodo con esa mujer al lado. Apreté tanto el anillo en la mano que el metal me lastimó la piel. Esa noche no dormí. Estuve todo el tiempo sentada junto a la ventana, dándole vueltas al anillo entre los dedos y con la revista abierta en la cama. Cada vez que miraba la foto, sentía un hueco en el pecho. Al amanecer ya lo tenía decidido. Iba a ir a esa boda. No a suplicarle que volviera ni a hacer un escándalo. Solo quería mirarlo a los ojos por última vez, aunque fuera de lejos, para saber si el hombre que juró amarme había sido capaz de destruir lo nuestro sin siquiera decir adiós. Los días antes de la boda fueron un infierno. Cada vez que encendía el televisor, los programas de entretenimiento hablaban del que llamaban "la boda del año". Pasaban imágenes de los preparativos, analizaban cada detalle y armaban teorías sobre el vestido, los invitados y lo que iba a costar la fiesta. Y de mis vecinas, ni hablar. Cada vez que pasaba frente a ellas, los murmullos comenzaban de inmediato. Algunas me observaban con una mezcla de curiosidad y lástima; otras intentaban acercarse para iniciar una conversación, queriendo ser las primeras en enterarse de qué había pasado exactamente entre Sebastián y yo. Pero yo las evitaba a toda costa. No tenía fuerzas para responder preguntas ni para soportar sus miradas. Bastante difícil era para mí intentar procesar que todo esto estaba pasando de verdad. El día de la boda llegó. Ese día pedí permiso en el trabajo. Abrí el armario y me quedé parada frente a la ropa, sintiendo un peso enorme en el pecho. ¿Cómo se viste una mujer para asistir a la boda del hombre que ama con otra? ¿Cómo pasas desapercibida en la boda del año cuando lo único que deseas es volverte invisible? Si me arreglaba demasiado, las cámaras y los invitados repararían en mí. Bastaría una fotografía para que comenzaran las preguntas y los rumores. Pero si iba demasiado sencilla, también llamaría la atención y quizá terminarían echándome del lugar, creyendo que era una intrusa. Al final, decidí que la sencillez sería mi mejor opción. Saqué un vestido midi de lino azul marino, de corte recto y líneas limpias. No tenía escote, ni encajes, ni pedrería que pudiera reflejar los flashes. Era elegante sin pretender destacar. Me puse unos tacones bajos de color nude, lo bastante cómodos para caminar… o para salir corriendo si el dolor se volvía insoportable. Sobre los hombros coloqué un abrigo ligero del mismo tono, por si el clima cambiaba. Después me coloqué una peluca de un tono castaño natural y me maquillé apenas lo suficiente para ocultar las ojeras que habían dejado tantas noches sin dormir. Por último, me colgué una cartera pequeña al hombro y me puse unas gafas oscuras. Al mirarme al espejo, no me reconocí. Solo respiré hondo, agarré las llaves y salí antes de que perdiera el valor o mi madre intentara detenerme.






